jueves, 23 de junio de 2011

Atrapada entre tus propias alas.

Cuando todo lo que recuerdas es un lugar oscuro, no puedes dejar de hacer otra cosa que no sea olvidar. Pretendes olvidar todas las cosas horribles que piensas que te han sucedido, aún sabiendo que es lo único que te queda en la mente. Solo puedes acordarte de un golpe, o una caída, y después, la inmovilización. Te quedas quieta, sin poder moverte. Una fuerza te aprieta impidiéndote alzar las alas, sin poder gritar si quiera. No sabes si eso está vivo, o simplemente inerte. A veces llegas a pensar eso mismo de ti: ¿Vivo o muerto?. Sigues sin querer abrir lo ojos por si lo que veas te horrorizarte. Tampoco puedes saber si lo decides tú, o simplemente, también la fuerza misteriosa te ha quitado la vista.
Todo esto transcurre a un tiempo pesadamente lento. Ocurre hasta que notas el movimiento. Algo te coje, y te lleva a otro lugar desconocido. Te posa en una superficie fría, casi helada. Sientes la presencia de más como tú. Notas todavía más movimiento. Te estás moviendo. No. Tu alrededor se mueve. Oyes ruidos extraños que nunca habías escuchado antes. O tal vez, que no recordabas haber escuchado.
El movimiento desaparece, y vuelves a oír alboroto a tu alrededor.
Notas como la luz intenta colarse por tus ojos, posiblemente cerrados. Ese algo te vuelve a coger. Oyes más sonidos, como... ¿Gritos? ¿Voces? A estas alturas de mi vida me parecen solo ruidos.
Te vuelven a depositar en lo que parece el suelo. Resulta tan nostálgico... Las hierbas te pinchan a través de las plumas, como en tu hogar. Tu nido.
La fuerza sigue ahí, impidiéndote volar, andar. Empiezas a pensar verdaderamente que has muerto, que esta es tu otra vida, si es que existe. La presencia de los demás deben de ser las almas de tus hermanas. No puedes dejar de sentir tristeza por ellos, y por ti.
Decides no volver a moverte, quedarte quieta, pensando en todas las cosas que te perdiste, que te perderás o que te pierdes. Hasta que la fuerza sobrenatural decide que ya es hora de dejarte escapar. Se afloja, y tu sientes como te deja espacio libre. Vuelves a tener tus alas libres.
Decididamente, el momento ha llegado.
Intentas levantarte, pero a causa de todo ese tiempo atada, tus piernas se rinden a tu peso. Vuelves a intentarlo, pues no vas a rendirte tan fácilmente. Te recuperas, y sigues tu camino.
Los humanos dicen que cuando llegue tu hora, verás una luz. Yo no solo veía una luz. ¡Todo mi alrededor era luz! Se podían distinguir los árboles, los arbustos y el cielo.
  El cielo... 
Abres tus alas y te dispones a volar. Preparas el vuelo, tropiezas unas cuantas veces, pero te vuelves a levantar, una y otra vez. Hasta que por fin notas el viento en tu cara. Las alas plaean, y tu cuerpo es una pluma. Sientes como vuelves a ser libre. Eres LIBRE.
Y lo recuerdas todo...
Tu caída del nido. Horas, días esperando tu fin. No llega, y el sufrimiento invade tu cuerpo. Alguien te ve, y saca de su bolsillo lo que parece ser un aparato extraño, con el que habla con otros seres de su especie. Te recogen del suelo, y te tapan la cabeza. Debes suponer que es por tu bien. Bastante sufrimiento has sentido, como para verlo en persona. 
Te tocan, y te examinan. Te atan, y te vuelven a desatar. Sientes pinchazos, y una pequeña extraña ave que intenta darte de comer. Los siguientes días son nublosos en tu mente, pero estás segura de que han sido como los anteriores.
Ahora todo encaja en tu mente, y solo puedes estar agradecida de que por fin estés en el cielo.
Te han salvado la vida.


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